jueves, septiembre 15, 2005

Ida

La velocidad de las imágenes me hace no poder mirarlas.
Entonces miro dentro del vagón; estoy yo y los asientos rojos descocidos.
Alguien grita y vende. Parece una oferta imperdible, pero no son más que porta-celulares, y yo no tengo ni celular, ni planes de tener uno.

´´Avellaneda´´. Me falta una estación y me bajo.

Esta lindo el tren a esta hora, son las cuatro y cuarto de la tarde y el sol se escurre por todos los rincones.
En siete minutos me bajo del tren, pero mientras tanto me gusta creer que inicie un viaje infinito, que me voy a quedar a vivir acá para siempre, y que mi vida transcurrirá entre estos asientos.
Me alimentaré de lo que me traigan los vendedores ambulantes, y me voy a dormir acurrucada sobre la cuerina roja.
Mi historia se compondrá de paisajes, de miles de fugaces escenas tras el cristal.
Mi padre será el maquinista y mi madre, la señora de los Cien Cotonetes por cincuenta centavos.
Después me voy a enamorar de algún jovencito que tome el tren una tarde como estas. Hasta la primer parada lo voy a idealizar, en la segunda nos vamos a besar, en la tercera a morder, en la cuarta me va a dejar plantada en el primer asiento del tercer vagón, y en la quinta se va a bajar, ahí me daré cuenta de que me vendió un boleto y que no me quería de verdad.
Entonces voy a sufrir por amor, y voy a llorar como doce estaciones, a la número veinte, ya lo habré olvidado.
Sin darme cuenta me voy a encontrar enamorándome del oficinista que sube todas las mañanas siete menos cinco. Lo voy a esperar cada tarde a su regreso del trabajo, siempre sentada junto a la misma ventanilla y justo ahí lo voy a invitar a vivir al tren.
El abandonará el maletín y aprenderá el oficio de maquinista, como mi papá. Se va a reír de mis chistes a carcajadas, va a tener ojos grandes y lágrimas enormes, me va a mirar a la boca para acariciarme y cuando truene, me abrazará fuerte y estrujada en su pecho me jurará no dejarme nunca. Me desvestirá despacio, como a una cebolla y me contará los lunares, uno por uno, todas las noches antes de dormir.
Con él voy a tener cinco hijos, y los pariré a todos en el anteúltimo vagón.
Los cumpleaños se festejarán los días de sol, y todos los atardeceres haremos el amor en algún andén.
Los domingos pasearemos por alguna estación y tomaremos helados de sambayón en cucurucho. Pero cada domingo será en una estación diferente, y no vale repetir.
Cuando me quiera dar cuenta me estaré poniendo vieja, y tal vez este vaivén ya me comience a hacer mal. Me quedaré mas tiempo sentada mirando por las ventanillas, leyendo un poco más y para esa altura ya me sabré el nombre de todos los vendedores ambulantes y ellos serán mis amigos.
¿Será el momento de bajarme del tren? Quien sabe…

´´Constitución´´, me bajo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

voy a abandonar el maletin y voy a esperarte en esa estacion,hasta el dia que me mires,te rias y me beses.....

Entoces voy aprender a ser tu maquinista, te llevare a los lugares que me pidas.

Solo espero que el chancho no me baje del tren...

pulpita dijo...

el chancho ne te va a bajar, es mi primo, y si lo hace le doy una trompada por cada vagón que haya en el tren...